
Para narrar los hechos acaecidos el 21 de noviembre de 2021, en línea con las acciones cometidas por Jhonier Leal, se seguirá la cronología de los hechos y el proceso judicial.
Mientras el domingo avanza en la vía a La Calera, con su habitual río de ciclistas y trajes de colores, la mente de Jhonier Leal está en otro lugar. Lo consumen las deudas, las cuentas bancarias de Mauricio, los seguros de vida y la administración de los bienes ante una vacancia absoluta. Sus planes tienen una precisión matemática, y si los ejecuta, heredará el control del patrimonio familiar.
Horas después, Jhonier conduce el Mercedes gris oscuro de su hermano. El tono, sobrio y de un corporativo opaco, se mimetiza con facilidad en la penumbra de la carretera de montaña. A las 23:45, el vehículo ingresa al conjunto residencial Arroyuelos; las cámaras de la portería registran el paso y fijan en un parpadeo digital el reflejo de las luces y la placa.
Ya no disfruta el ascenso por la ruta de curvas y miradores como cuando recién llegó de Cali con su peluquería en quiebra. Su vida actual es un ejercicio de subordinación: duerme en el cuarto de huéspedes de la casa familiar y trabaja para el próspero imperio estético de su hermano.
Es la última noche con vida de Mauricio Leal y Marleny Hernández.
La madrugada del 22 de noviembre de 2021 ejecuta el doble homicidio. El registro procesal es decisivo, pues entre las 06:15 y las 11:30 realiza la limpieza química de la escena y la manipulación de los teléfonos. Jhonier sabe que en el siglo veintiuno la muerte biológica es insuficiente; para asegurar la impunidad, necesita mantener viva la identidad digital de Mauricio. El análisis forense de los dispositivos demuestra que el fraude operó en tres niveles:
El control del tiempo y el tráfico de datos: Jhonier enciende y manipula el iPhone de Mauricio de manera intermitente entre las 06:15 y las 11:15 de esa mañana. Accede al sistema con la clave de desbloqueo, un dato que conoce gracias a la intimidad familiar.
La falsificación del mensaje de voz: Con el propósito de blindar su coartada ante Jair Ruiz, el conductor, Jhonier utiliza el teléfono de su hermano y le envía un mensaje de voz por WhatsApp. El audio simula la normalidad doméstica: «Hola, baby, bájate a mercar cosas para el desayuno, porfa… Yo me quedé dormido».
Horas después, los peritos de la Fiscalía desmontan el fraude mediante un análisis acústico. La voz pertenece a Mauricio, pero corresponde a una grabación antigua que Jhonier reproduce desde otro dispositivo para retransmitirla. El hallazgo científico coincide con el reporte de Medicina Legal, ya que, a la hora del envío, el cuerpo de Mauricio presenta una rigidez que anula cualquier capacidad de habla.
Los chats de texto sembrados. Jhonier redacta mensajes dirigidos a la empleada del servicio; le ordena no ir a trabajar ese lunes bajo la excusa de que la familia quiere descansar. Pero comete un error fatal que radica en la sintaxis y la puntuación. Mauricio jamás escribe de tal forma y el uso inusual de las mayúsculas y la ausencia de sus emojis habituales alertan a los investigadores de que un tercero digita sobre la pantalla.
Sin demora, y por el afán de Jhonier por borrar el rastro biológico, convierte la operación en un aseo industrial envuelto en decenas de detalles minuciosos, pero la física de los fluidos deshace su precisión.
La alteración química de la escena: Jhonier utiliza cantidades masivas de cloro, Fabuloso y detergentes pesados para borrar los rastros hemáticos en el baño de la habitación de huéspedes, las escaleras y los pasillos. El olor a desinfectante es tan penetrante que el conductor lo percibe de inmediato a su llegada por la tarde.

El error del reactivo y el escalón once: Jhonier confía en la limpieza a simple vista. Ignora que el cloro no destruye el hierro de la hemoglobina; solo lo enmascara. Los peritos de criminalística aplican luces forenses y BlueStar y el reactivo revela la ruta de un arrastre invisible. Jhonier trasladó el cuerpo de su madre desde el tercer piso hasta la cama de Mauricio en el segundo. En el escalón número once, una gota de sangre penetra la madera porosa antes de la acción del desinfectante y deja la huella viscosa del crimen.
La transferencia cruzada en la toalla: En el afán por abandonar la casa antes de las 11:30, Jhonier comete el fallo definitivo. El movimiento constante de toallas y desinfectantes entre su baño y el de huéspedes genera una contaminación recíproca de fluidos. En una de las toallas, el laboratorio de genética del CTI halla una mezcla de perfiles de ADN en lo profundo de las fibras, es fluido biológico de Marleny Hernández y células epiteliales de Jhonier Leal. El cloro elimina la mancha superficial, pero el tejido retiene la prueba biológica del contacto.
A las 14:45 p. m. se produce el hallazgo de los cuerpos.
La aceptación de cargos de Jhonier Leal
Es un día soleado en Bogotá desde muy temprano, en el que el frío se disuelve y la claridad suaviza la neblina; la mañana tiene un aire benigno. Jhonier Leal siente que su apariencia, de algún modo inocente en medio del peinado pretencioso y pulcro amoldado con gel, le puede generar una ventaja. Nadie, en lo absoluto, podría decir que es un monstruo capaz de cometer un crimen tan violento. Pero en el fondo, es un funcionario del artificio, marcado por un resentimiento mudo y una fijación patológica con el dominio de las formas.
Jhonier Leal siente la adrenalina del control total, pero el tiempo está en su contra. En los pasillos de Judicatura se encuentra con el fiscal del caso, el hombre que va a hacer todo para que termine tras las rejas; y él lo sabe.
El fiscal Mario Burgos tiene ante él los ojos pequeños y vivaces que transmiten seguridad. Nunca entra en pánico a pesar de los detalles que le revela poco a poco. Siempre bien peinado Jhonier Leal; el fiscal lo ve seguro y sereno con una chaqueta llena de detalles urbanos y triviales con la que quiere aparentar disciplina y docilidad. Decide no presionarlo, su actitud es la de alguien que se dialoga consigo mismo: “poco a poco le voy metiendo presión y lo voy a llevar al error”. Un parlamento interno de manual, de no comer vidrio, de saber todas las mañas.
Pero en las audiencias es diferente. El fiscal le habla a Jhonier Leal con una contundencia seca, directa e irritante. Usa las pruebas científicas como un martillo para quebrar su estrategia. Le grita que lo mire a los ojos.
Aquí el diálogo real:
—No existió ningún suicidio, Jhonier. A tu hermano Mauricio lo obligaste a tomar nueve pastillas de Zopiclona para dejarlo indefenso. No te bastó y lo atacaste con tal sevicia que el cuchillo se rompió y la hoja quedó enterrada en su abdomen. Una persona en este estado de indefensión y somnolencia jamás habría tenido la fuerza para autoinfligirse esas heridas. Tú manejaste la escena, Jhonier.
El fiscal actúa con una exaltación punzante, casi actoral, diseñada para quebrar la resistencia psicológica del acusado bajo la mirada atenta de las cámaras.
Jhonier Leal sonríe tranquilo. Aún transita la etapa en la que cree posible sembrar dudas.
—Tú pensaste que el cloro lo borraba todo —continúa el fiscal, y añade—: Pero los peritos encontraron la toalla en tu baño, Jhonier. Una toalla que tiene tu perfil genético y la sangre de tu madre, Marleny Hernández. ¿Cómo explicas eso? Tu madre fue asesinada en el tercer piso y tú la arrastraste hasta la cama de Mauricio. El luminol no miente y dejaste tu huella de sangre en el escalón número once.
La asfixia en el estrado: El fiscal diseña una estrategia de desgaste. Se para frente a las cámaras y los micrófonos con un propósito claro; confrontar al sospechoso en el terreno del ego. Sabe que la resistencia de Jhonier Leal depende del control; si lo expone a la humillación pública y al peso de la evidencia técnica, la impaciencia hará el resto. Bastará un error, un destello del ego quebrado, y que el acusado confiese para detener la indagación.
— Jhonier, estás ante una pena que puede superar los cincuenta años de prisión —dice el fiscal con una mirada de gestos duros, ceño fruncido y mirada fija, y añade—: Sé honesto con el país, sé honesto con tu familia. No hay ninguna otra persona que hubiera podido ingresar a esa vivienda; las cámaras y las lógicas del tiempo te señalan solo a ti. Acepta los cargos, obtén el beneficio de la rebaja y evita un juicio doloroso donde el país entero va a ver la sevicia con la que actuaste.
El hombre habla con convicción. Las palabras del fiscal Burgos funcionan porque es el choque definitivo entre el narcisismo de Jhonier, que cree haber cometido el crimen perfecto con el uso de detergentes industriales y mensajes de texto, y un tipo que habla con una entonación cortante y un ritmo pausado. Es la voz grave y asertiva de quien conoce la ciencia criminológica para sustentar un argumento penal.
El allanamiento de Jhonier Leal
Es el 18 de enero de 2022 y la rama judicial en Colombia opera bajo una virtualidad estricta debido a los protocolos de la post pandemia. Por supuesto, la sala está vacía de curiosos, pues la masividad pública está en línea. Hay una masa de personas, entre periodistas, estudiantes de derecho, abogados y ciudadanos del común; por el flujo masivo, colapsa por momentos los canales de la Judicatura y las transmisiones de los grandes medios de comunicación. Los rostros de los intervinientes se convierten en un tablero de pantallas pixeladas donde cada gesto de Jhonier es analizado en tiempo real por millones de espectadores a través de las redes sociales.
Jhonier Leal asiste a la diligencia virtual desde una pequeña oficina del búnker de la Fiscalía en Bogotá. A su lado y atrás están los custodios, y su abogado defensor permanece a unos centímetros; es el único calor humano que sentirá antes del colapso y es lo único que el jurista puede hacer por él. Falta muy poco para que todo se derrumbe. Al otro lado de la pantalla, el fiscal Mario Burgos y la jueza de control de garantías despachan desde sus propios monitores. La atmósfera real es silenciosa, aséptica y desprovista del drama del público en vivo.
El fiscal Burgos presiona hasta que Jhonier Leal se allana a los cargos.
Y con el allanamiento a cargos, Jhonier Leal se pega un tiro en el pie. No pudo escoger palabras más frías y fuera de lugar; tiempo después intentó retractarse bajo el argumento de una supuesta presión psicológica y falta de garantías. Aún así, la aceptación quedó en firme por la inmutabilidad del allanamiento a cargos. Semanas después, el Tribunal Superior ratificó que el acto virtual cumplió con el estándar de ser libre, consciente y asistido en forma debida. Jhonier Leal parecía hundirse en la culpa; ahora bien, el uso de expresiones ligeras y superficiales, unidas a la frialdad con la que calificó el doble asesinato como «una situación de ninguna clase», causó un profundo impacto en la opinión pública.
La respuesta exacta de Jhonier Leal
—Antes de expresar mi decisión, quiero hacer una manifestación. Ayer tuve la oportunidad de hablar con mi abogado y, luego de quedar debidamente asesorado, he tomado una decisión súper importante y muy personal… De manera libre y voluntaria, acepto los cargos a través de un acuerdo con la Fiscalía. Aprovecho la oportunidad para hacer mi manifestación de arrepentimiento a Colombia entera, a mi familia, a mis hijos, a las víctimas y a todo el mundo… Y a comprometerme a que jamás en la vida volveré a repetir una situación de ninguna clase.
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