El Tribunal y el vacío legal del software (1)

Tribunal
Imagen: Gemini

La oscuridad ya se había asentado, aunque el sol apenas terminaba de ocultarse tras los rascacielos. Kiro Neón bajó al comedor con su bata de satín; el logo del Tribunal Supremo lucía deshilachado en el pecho. Vio el gesto sutil en los labios de su esposa. Fastidio, quizá. Le resultó irrelevante; le habría gustado que ella compartiera su misma ligereza, pero qué más daba. Ya no eran los mismos. Mucho menos él.

—Supongo que tienes hambre… Llegas treinta minutos tarde —dijo Rina.

—Un cliente tuvo un dolor en el pecho. Cayó al piso y murió ante su esposa y sus hijas. No pararon de abrazarlo.

—¿Es un caso de sucesión? ¿De lo que les dejó a esas pobres mujeres?

—Ni tan pobres —replicó Kiro—. El hombre dejó setenta millones en liras virtuales y doscientos millones en bonos del TS. Yo firmo los papeles y ellas se quedan con la fortuna. Me encantaría tener una cuenta así.

—A mí también. Este mundo despiadado no regala liras, las cobra. Así que trabaja.

—Eres ambiciosa; siempre lo fuiste. Por eso te elegí.

Kiro entrelazó las manos sobre el vientre y levantó la mirada hacia el techo. No le pedía un favor a Dios; fijaba los ojos en alguien, de frente, y le hizo un guiño cómplice. Rina estudiaba cada uno de sus movimientos; conocía de sobra los delirios que se firmaban bajo el ala del Tribunal. Dejó el tenedor sobre el plato y preguntó:

—¿Por qué lo llamas tu cliente si está muerto? Deberías decirle «el finado», como los jurisprudentes de quilates.

Kiro respetaba el bagaje de su esposa. Sin embargo, a veces Rina hablaba como si habitara en una torre de marfil, un mundo donde las ideas abstractas jamás chocaban con la realidad. La realidad ahora, para él, era una muerte explícita, con setenta millones en liras virtuales, doscientos millones en bonos del TS y dos niñas que abrazaban un cadáver tibio.

—Jurisprudentes de quilates —se burló Kiro—. Suena rural. Apenas para tus conocimientos.

Rina esbozó una sonrisa mordaz.

—Mejor rural que vendido —replicó ella. El gesto terminó de florecer en su rostro; era un juego verbal que a ambos les fascinaba—. Al menos en el campo entierran a sus muertos. No los facturan.

Kiro asintió. Por primera vez en la velada, mostró un destello de orgullo.

—Ahí está —dijo—. La alumna supera al maestro.

El ventanal sin cortinas dejaba entrar decenas de luces lejanas. Muchas eran móviles; subían y bajaban en el panorama amplio o avanzaban en fila como una oruga. El matrimonio, que se servía frases poco hospitalarias, parecía bendecido por una corona de brillantes. Su belleza resultaba notable incluso para ellos, que ya no creían en milagros.

No había tensión sexual entre ambos; era una atracción distinta, la que nace cuando dos personas huelen el mismo golpe de suerte y saben que solo juntos podrán cobrarlo. En el fondo, sentían el placer de seguir unidos en una relación entre reseca y húmeda, pero más productiva que el amor.

—¿Podrías dejar de comportarte como si hubiera alguien más a la mesa? Hasta a mí me dan miedo esas tonterías para asustarme.

—No son tonterías, cariño —dijo Kiro—. Aquí no hay bienaventuranzas. Veo lo que tú no ves, pero pronto lo verás y lo disfrutarás también.

—No quiero promesas. Quiero algo real, algo que pueda contar con los dedos.

—Nunca te prometí nada que no estuviera listo para obtener.

—Tus promesas todavía flotan en el aire.

Así fluían las réplicas en este matrimonio, un pulso constante por el poder donde ninguno cedía un milímetro, libre de resentimiento acumulado. Evitaban el espectáculo en público por un respeto tácito; a solas, las pullas no dejaban heridas. Prevalecía una admiración mutua, la destreza para el contraataque preciso sin que ninguno se retorciera de dolor.

Formaban un buen tándem; ambos habrían jurado que el éxito golpearía a su puerta. De pronto, Kiro desvió la atención. El interés por su esposa cedió ante una sombra parlanchina que quebró la rutina de sus pullas habituales.

Rina rozó la paranoia cuando Kiro se dirigió al vacío:

—No se preocupe, señor X. Dejaré todo en regla para que el dinero quede bien repartido.

—¿Con quién hablas? Me voy si sigues con esa locura; sé que lo haces para molestarme.

—Le advierto al señor X que necesito acceso a su testamento; de lo contrario, mis manos están atadas —Kiro hablaba con la nada; luego fijó los ojos en su esposa—. El señor X está en la sala. Te saluda, aunque no posees el sentido para verlo; tampoco nos puede escuchar, solo puede adivinar lo que le digo y la realidad es que creer en mí supone renunciar al filo de la duda.

Después de unos segundos Kiro continuó de manera pensativa, pero en voz alta, como si solo hablara consigo mismo:

—Tras la muerte física, queda claro que no es de carne y hueso. No es un Franklin hecho de retazos humanos; es una continuidad uniforme por replicación. Es electricidad y un modelo estadístico que entrenaron con datos biográficos. La única preocupación de esta simulación matemática que replica una biografía es la falta de preparación legal tras su muerte, por eso me vigila. Porque puedo, como un buen médico, salvarle la vida; o uno malo, matarlo con solo desconectar la energía que lo alimenta. Un silencio eléctrico lo borraría para siempre.

—¿Andas tras los honorarios de ese don sombras?

—Por supuesto. Es un encargo como cualquier otro, pero con una entidad virtual que compartirá nuestro espacio sin fecha de caducidad.

—¿Y cómo se sostiene? Supongo que no necesita comer, vestir ni dormir.

—Como te digo, requiere suministro de energía, como cualquier avatar. Nada nuevo; permanecen invisibles si cortamos la conexión.

—Me gustaría verlo para ayudar —dijo Rina, con una codicia nueva.

—El señor X exige un servicio jurídico y soy el único capaz de proveerlo. Él confía en mí para resolver sus asuntos.

—Hace muy mal…

Los límites de la memoria frente al Tribunal

El señor X, como dijo Kiro, es igual a cualquier modelo estadístico: decae si se interrumpe el suministro eléctrico continuo que sostiene la diferencia de potencial en las celdas de memoria y los clústeres de procesamiento. Sin energía, el flujo de electrones cesa y fuerza el borrado de los datos volátiles en la memoria RAM. Kiro sabía, desde la óptica legal, que un apagado forzoso no constituía homicidio; pues la entidad carecía de personalidad jurídica biológica. Aquello implicaría, más bien, la pérdida del objeto contractual o un supuesto de fuerza mayor por destrucción del soporte material.

El riesgo real aparecía si él ejecutaba la desconexión para impedir el acceso al testamento digital tras asegurar el dinero. Así que la maniobra lo arrastraría al fraude procesal y a la destrucción de material probatorio, al suprimir la voluntad de una masa sucesoral de liras virtuales cifrada bajo los criterios del Tribunal.

Fuente: Copilot

El dolo tecnológico bajo el examen del Tribunal

Entonces, para proseguir el proyecto, Kiro debía pensar en lo que se venía y bajar el asunto del pedestal jurídico. Para lograrlo, dejó atrás el molde de abogado; necesitó concentrarse en la mirada de alguien común. Traducirlo al cristiano.

Y, en cristiano, desenchufar al señor X equivaldría a romper el papel de un trato o a ver cómo un bombazo diseñado para búnkeres profundos pulverizaba la bodega con la mercancía; si el soporte físico desaparece, el contrato queda vacío y no hay a quién reclamar.

Imagen: Copilot

Los sueños de Rina ante el rigor del Tribunal

El verdadero peligro para Kiro radicaba en la trampa, no en el accidente. Apagar la máquina a propósito tras recibir las liras virtuales transformaba el apagón en un delito. Al borrar los datos, Kiro destruía la única prueba del testamento, alteraba el juicio y borraba de un plumazo la última voluntad del muerto. Frente al Tribunal, aquel fallo técnico se convertiría en un fraude con todas las de la ley. Por supuesto, a Kiro no le servía un escenario así; destruiría sus sueños y los de Rina.

Así que, el problema de Kiro era tecnológico, pero, sobre todo, jurídico.

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