Foucault y el crimen. ¿Qué pasa cuando un filósofo explica tan bien el sistema que se olvida de las personas que el mismo sistema debería proteger? En esencia es la pregunta que Michel Foucault nunca respondió del todo. Su análisis del crimen y la prisión es uno de los más citados del siglo XX, pero carga con una brecha en el análisis que vale la pena nombrar con claridad; pues las víctimas casi no existen en su marco teórico.
La intención es reconocer a Foucault y al mismo tiempo ubicarlo con rigor.

Lo que Foucault sí vio con precisión
En Vigilar y castigar (1975), Foucault sostuvo que la prisión no funciona como espacio de rehabilitación, se mueve como mecanismo de disciplina. La sociedad y el individuo aprenden a comportarse bajo la amenaza permanente de la vigilancia y el castigo.
Foucault sostuvo que el criminal es una invención del poder y es presentado como un hecho objetivo. El criminal resulta de una construcción difundida como realidad en la práctica. La delincuencia cumple un papel estratégico dentro del orden penal al legitimar a la policía, reforzar la vigilancia y mantener bajo control a los sectores populares.
El argumento se sostiene en datos visibles. Las prisiones de América Latina y del mundo concentran en gran medida a personas pobres, provenientes de sectores sociales excluidos y sin acceso a una defensa legal de calidad, mientras que los delitos de cuello blanco casi nunca reciben condena. En el contexto, Foucault y el crimen se convierten en un eje analítico, pero resulta necesario precisar que no estableció la desigualdad; solo la teorizó como consecuencia estructural de los dispositivos de control.
Foucault expone cómo el poder convierte al criminal en un hecho objetivo y lo difunde como una realidad cotidiana.
Foucault y el crimen: la filosofía frente a la prisión
Foucault trasladó su reflexión a la práctica. En 1971 cofundó el Groupe d’Information sur les Prisons, una iniciativa que buscaba dar voz directa a los presos para que hablaran de sus condiciones. Era un proyecto de dignidad y la idea era que los propios afectados definieran el problema, en lugar de expertos o filósofos.
Fue una posición política situada en la práctica que exige reconocimiento y resultó de ello que Foucault dio cuerpo a la figura del teórico comprometido con el poder y sus efectos. En esa acción tangible se percibe la misma orientación: el foco estaba en el preso, en el sistema que lo produce y en el poder que lo disciplina. Pero con el resultado funesto de que la víctima queda excluida del saber penal.
Dimensión ausente del discurso: ¿y qué hacemos con la violencia real?
Aquí comienza a mostrarse el límite del análisis foucaultiano.
Foucault rechazaba proponer soluciones normativas y consideraba que diseñar un sistema alternativo reproduciría la misma lógica de poder que criticaba. Así se revela que se asumía como diagnosticador y no como terapeuta. Una postura que conserva una coherencia interna y, al mismo tiempo, impone un costo elevado al mantener sin resolver la pregunta más urgente.
¿Qué hacemos con alguien que mata, viola y ejerce violencia sistemática sobre otras personas?
Foucault esquivó esa pregunta de manera constante a lo largo de su obra y de manera directa no resultó en una convincente contención del discurso; más bien fue una evasión clara que dejó pendiente un vacío en el centro de su pensamiento
La crítica se proyecta hacia el presente desde hace décadas. Habermas advirtió que, sin un punto normativo propio, la obra de Foucault se enreda en su propia contradicción. Nancy Fraser dio un matiz esencial al advertir que, sin brújula para distinguir lo legítimo de lo ilegítimo, el marco foucaultiano se hunde en un silencio conceptual. Señala la estructura de encierro y expone el marco de dominación, pero deja abierto el dilema sobre la factibilidad de escapar y la orientación del movimiento.
Víctimas invisibles
El silencio más profundo en la obra de Foucault no se concentra en los criminales ni en el sistema, sino en las víctimas que constituyen la ausencia central. Al dejar a la víctima en un papel funcional, Foucault la invisibiliza igual que el sistema que critica, y el Estado usa su sufrimiento para justificar la vigilancia, el castigo y la disciplina social.
La función instrumental de la víctima perpetúa su invisibilidad y replica la exclusión que sostiene el sistema.
Al inscribir a la víctima en un rol funcional ciento por ciento, el análisis de Foucault termina por perpetuar su invisibilidad y replicar la misma exclusión estructural que el sistema ejerce sobre ella. El énfasis casi exclusivo en los mecanismos de disciplina oscurece la experiencia concreta del sufrimiento humano y la desplaza hacia los márgenes del pensamiento teórico. Y al mismo tiempo la despoja, poco a poco, de su peso ontológico (la víctima reducida a la mera función).

Foucault y el crimen, dónde ubicarlo entonces
Desestimar a Foucault y el crimen en el análisis sería negar una clave estructural del poder. Su diagnóstico del sistema penal es una herramienta poderosa para entender por qué las cárceles no funcionan, por qué la ley no es neutral y por qué el crimen tiene tanto que ver con la desigualdad estructural como con la conducta individual.
Es una herramienta de diagnóstico, no de praxis; su potencia está en abrir interrogantes y no en clausurarlos. En un continente como América Latina, donde la violencia constituye una crisis cotidiana y las víctimas son millones de personas reales con nombres y rostros, limitarse al diagnóstico resulta insuficiente para comprender la magnitud del problema.
La arquitectura del sistema está clara; lo que falta es integrar la experiencia de quienes padecen su violencia.
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