Sistema carcelario de Bukele: 5 predicciones de Foucault

El sistema carcelario de Bukele
© [2026] Nano Banana | fueradecodigo.com

El sistema carcelario de Bukele no surgió de la nada ni responde al capricho autoritario de un líder millennial con buena imagen en redes sociales; es la materialización casi perfecta de aquello que Michel Foucault describió con inquietante claridad hace más de cincuenta años, en un tiempo en que El Salvador aún no conocía las maras, y la palabra megacárcel no figuraba en ningún diccionario político del mundo.

Foucault no imaginaba un líder específico. Era un análisis adelantado en el tiempo sobre una dinámica estructural del poder moderno: su tendencia a valorar el orden por encima de la justicia y el espectáculo del control; además, de la transformación de las causas de la violencia. En el orden simbólico, una sociedad fatigada y temerosa, se muestra dispuesta a celebrar al Estado que legitime su poder mediante el encierro absoluto de los agentes de violencia social.

Imagina entonces cuarenta mil personas con la cabeza rapada, uniformes blancos, hacinadas en celdas sin luz natural, en silencio obligatorio y vigiladas por cámaras que nunca descansan ni parpadean. Aquel espectáculo de orden total fue transmitido al mundo de manera deliberada; como un logro y promesa cumplida y como símbolo de un Estado que convierte la disciplina en un espectáculo tecnocrático.

Ahora imagina a Michel Foucault frente al sistema carcelario de Bukele. Con reconocimiento, con la serenidad de quien presencia la actualización de sus tesis, escritas bajo la esperanza de que solo advertir bastaba para transformar las condiciones del poder.

Foucault predijo que la prisión nunca tuvo como objetivo rehabilitar

La primera y más difícil de aceptar de las predicciones de Foucault, es también la más dura para quienes defienden el sistema carcelario de Bukele con el argumento de que algo había que hacer. En Vigilar y castigar, Foucault expuso con frialdad clínica que la prisión moderna fue concebida para producir y administrar la figura del delincuente como categoría útil para el Estado; no para transformar ni reintegrar.

Foucault señalaba que la cárcel fracasa en sus objetivos declarados con tal previsibilidad, que el fracaso se convierte en fundamento de la maquinaria estatal. El sistema carcelario de Bukele, materializado en el CECOT (sistema carcelario de Bukele), no se orienta a la reinserción ni a la educación, tampoco a la proyección de un futuro para los internos. Se orienta a la contención y la neutralización, a la desaparición del problema del espacio público. Para Foucault, esa lógica revela el éxito más genuino del sistema.

El panóptico como régimen moderno

Foucault tomó el panóptico de Jeremy Bentham (la prisión circular donde un guardia invisible podía ver a todos sin ser visto) y lo interpretó como un engranaje del orden disciplinario. No se limitó a las cárceles, pues también lo extendió a las escuelas, los hospitales, las fábricas y a cualquier espacio donde el Estado buscara producir cuerpos obedientes; sin recurrir a la violencia física constante.

El CECOT lleva esa lógica a su expresión más literal y espectacular. Las cámaras no son solo para vigilar a los presos; pues se configuran como estrategia de comunicación política. El mensaje se dirige tanto a quienes permanecen adentro como a quienes están afuera y ahora comprenden, con una claridad que ningún discurso político alcanza, lo que el Estado puede hacer con un cuerpo clasificado como enemigo. La vigilancia dejó de depender de la incertidumbre y hoy funciona mejor cuando es total y visible.

Predijo que el biopoder decidiría quién merece derechos y quién no

El biopoder, quizá la idea más vigente y perturbadora de Foucault, se manifiesta con claridad en el caso salvadoreño. Es el poder del Estado moderno de administrar la vida colectiva, de clasificar cuerpos como útiles o amenazantes, de conceder o retirar protección jurídica sin que la sociedad lo perciba como injusticia, o como una versión de la lógica y la necesidad.

Bajo el régimen de excepción de Bukele, más de setenta mil personas fueron detenidas en pocos meses, muchas sin proceso judicial claro, sin evidencia suficiente y sin presunción de inocencia. El Estado tomó cuerpos (en su mayoría jóvenes pobres de zonas marginadas) y los redujo a dos categorías: pandillero o ciudadano. Foucault diría que esa clasificación no representa justicia, revela poder, y que la rapidez con la que una sociedad la acepta expresa hasta qué punto el biopoder ha moldeado la visión de quién merece ser reconocido como persona y quién como amenaza.

El poder como deseo peligroso

Aquí es donde Foucault resulta incómodo en serio para todos los bandos del debate, incluidos quienes lo citan para criticar el sistema carcelario de Bukele. Porque Foucault no creía que el poder fuese algo que unos pocos malvados ejercen sobre una mayoría inocente y resistente. El poder no se concentra en un punto único; circula, se reproduce, y se convierte en algo que las sociedades terminan por desear.

Y cuando una sociedad que ha vivido décadas de terror pandillero ve esas imágenes del CECOT siente alivio, satisfacción e incluso orgullo. No estamos frente a un sujeto manipulado de manera pasiva; se trata de una participación consciente y activa en la reproducción del poder, lo que evidencia un consentimiento social que legitima la práctica estatal.

Bukele cuenta con más del ochenta por ciento de aprobación en El Salvador, una cifra que no se explica por una propaganda pública constante ni por el miedo. Es un deseo genuino y comprensible de orden tras años de violencia insoportable, que anulaba la existencia de los demás ciudadanos. Foucault no juzgaría ese deseo desde una posición moral elevada; lo leería como el mecanismo más eficiente para que el poder se vuelva estable e irreversible. Cuando los propios dominados lo quieren, lo piden, lo fotografían y lo comparten en redes sociales con orgullo, el poder deja de necesitar defensa externa y se sostiene por sí mismo, legitimado en la conciencia colectiva.

Predijo que nadie preguntaría por qué

La genealogía era el método favorito de Foucault, una forma de rastrear el origen de las cosas que damos por naturales para revelar que no lo son en absoluto, que son el resultado de decisiones históricas, intereses concretos y alternativas descartadas a propósito. Aplicado al caso salvadoreño, aquel método haría una pregunta que en el debate público actual resulta casi subversiva:

¿Cómo llegó El Salvador hasta aquí?

No se trata de exculpar a las maras ni de relativizar la violencia ejercida durante décadas; más bien de formular una pregunta genuina sobre las condiciones económicas, sociales e históricas que hicieron posible que organizaciones criminales llegaran a controlar territorios enteros mientras el Estado desviaba la mirada o negociaba en la sombra. Foucault advertiría que una sociedad que celebra el CECOT (sistema carcelario de Bukele) sin hacerse esa pregunta, no ha resuelto su problema. Ha encontrado una forma más cómoda y espectacular de ocultarlo, de taparlo con la imagen masiva de reos rapados, vestidos con uniformes blancos y difundida como prueba de orden y disciplina; y, al final, la de presentar aquella invisibilización como éxito.

El sistema carcelario de Bukele y su futuro
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Lo que Foucault no te daría

Foucault nunca fue un pensador de soluciones, lo que siempre irritó a quienes lo leyeron a la espera de un programa político alternativo. Su trabajo era desmontar las certezas, mostrar los mecanismos ocultos del poder y hacer visible lo que el sentido común prefiere mantener invisible. No diría qué hacer con las maras ni cómo gobernar un país devastado por la violencia. Pero sí dejaría una pregunta que condiciona toda interpretación:

¿Resolvimos el problema o hemos hecho del ocultamiento una tecnología colectiva del poder?

El sistema carcelario de Bukele es, en ese sentido, un experimento en tiempo real sobre los límites del poder moderno y sobre la capacidad de una sociedad para sostener un orden construido sobre la suspensión de derechos de manera indefinida. Foucault no sabría decir cuándo colapsa el experimento, ni si colapsa. Pero ningún panóptico, por perfecto que sea, ha resuelto las condiciones que lo hicieron necesario. Foucault no decía la última palabra, más bien, removía el refugio cómodo a los otros de creer que sí la poseían

Los textos que analizan el derecho no son neutrales, pues llevan consigo la mirada de quien los escribe, sus referencias, sus énfasis y sus convicciones. El siguiente análisis sobre el derecho de propiedad comparado no es la excepción. Vale la pena leerlo con la advertencia y, con suerte, con curiosidad: fueradecodigo.com/derecho-de-propiedad-comparado

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