Lo efímero del poder: 2 caídas célebres

Lo efímero del poder: 2 caídas célebres
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Lo efímero del poder, siempre vulnerable, diría el tejedor de palabras con la nitidez de la palabra poética: «Tan fugaz como un beso robado», se puede extinguir en un segundo. Lo saben los historiadores, lo repiten los juristas y lo certificó la pantalla. Con el nudo de una corbata torcida y un sobre en la mano errada, en 2015, Steve Harvey le quitó la corona a Ariadna Gutiérrez y nos dejó una enseñanza que, en derecho, se aprende con paciencia y con tiempo.

En cuanto al ámbito jurídico, la decisión requiere forma y comunicación. La corona era un símbolo de legitimidad formal, y el anuncio era el acto que la volvía real. Harvey, al leer mal el sobre, convirtió un error humano en la anulación inmediata del acto.

Como un contrato con datos equivocados: la voluntad existe, aunque la forma falle. En derecho, y en los rituales públicos, la forma condiciona la validez.

En tal sentido Schopenhauer decía que la vida oscila entre el dolor y el aburrimiento. Ariadna rompió esa regla y en apenas dos minutos transitó de la gloria absoluta al abismo mediático. Tan corto fue su paso por la corona, que terminó recordado más como una noticia curiosa, que como una memoria histórica de una nota de farándula.

Aquella noche, transmitida al mundo, recordó que ningún poder es indestructible: lo mismo cae por un fallo judicial que por un error en vivo. Resulta pertinente señalar que, a veces, lo efímero del poder se precipita al suelo con más rapidez que la caída libre de un peso muerto.

Lo efímero del poder también se decide en los escritorios de la FIFA.


Por otra parte, si alguna vez alguien dudó de que lo efímero del poder alcanza también al fútbol, basta recordar el caso de Senegal en la Copa Africana de Naciones. Ganaron en la cancha, pero semanas después un órgano disciplinario aplicó el reglamento y anuló el resultado.

Más que un grupo de futbolistas al cierre de una noche gloriosa, Senegal terminó frente a un órgano disciplinario que aplicó el reglamento y revocó lo ocurrido en el césped. Con los argumentos aún en disputa, alguien firmó una sentencia que anuló la victoria; es, en esencia, lo que vivió Senegal.

En palabras del derecho, el principio de confianza legítima es claro: cuando una autoridad genera una expectativa válida, no puede revertirla sin una razón suficiente. El árbitro pitó y el mundo entero vio el triunfo en el césped, pero la Confederación Africana de Fútbol aplicó el reglamento disciplinario por abandono, para declarar la derrota por sanción reglamentaria.

  • En síntesis, las reglas deben ser predecibles porque la gloria, igual que la justicia, no admite sorpresas de escritorio.

Para prolongar el tono: la gloria de Senegal duró menos que un contrato de prestación de servicios en un año electoral. Pasaron de ser los reyes de África a convertirse en un anexo más dentro de un documento oficial de la CAF. Lo efímero del poder, una vez más, no necesitó estadio ni reflectores; se resolvió con un correo oficial.

El poder no se pierde con revoluciones: se desvanece en la burocracia digital.

En derecho existe un principio que supera los códigos: las decisiones deben ser justas, comunicarse con claridad y sostenerse en el tiempo. Byung-Chul Han describe el cansancio de una sociedad que produce sin descanso y sin sentido. Existe, sin embargo, otros cansancios más silenciosos. Los de quienes conquistan con su esfuerzo y pierden en los escritorios. El del atleta que regresa al vestuario con la medalla y recibe una notificación, o el de la reina que saluda al mundo y escucha que el sobre decía otro nombre.

Es también el cansancio del trabajador que entrega horas de sudor y descubre que una parte de su esfuerzo se diluye en estructuras que no siempre reflejan su sacrificio.

Lo efímero del poder se revela en la fragilidad. Ningún triunfo se sostiene cuando la forma se quiebra, y lo solemne se convierte en la mera banalidad del trámite. La medalla, la corona, el salario o la copa alzada comparten el mismo destino: se desmoronan en la letra pequeña de las reglas, en la burocracia que decide más que la épica o en la fragilidad de la forma que desnuda la vulnerabilidad del poder.

Pues bien, Žižek lo diría con un ejemplo absurdo: el poder se sostiene por la ficción colectiva de que todos creemos en él al mismo tiempo. Cuando la ficción se rompe con un sobre mal leído o con un documento oficial enviado días después del pitazo caen el acto administrativo y el relato completo. Lo que queda es una tragedia y una comedia a la vez, la evidencia de que el poder es un préstamo que la norma confiere, pero que se puede revocar con la misma velocidad y con un presentador nervioso que lee mal un papel.

Lo efímero del poder vive en las historias que merecen ser contadas sin filtros y con el rigor de quien sabe que detrás de cada anécdota, hay una norma, y detrás de cada norma, una persona.

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